La maravillosa y romántica historia de Nerea y David

Hace trece años el destino quiso que un salmantino y una riojana se conocieran y se enamoraran en el mismo momento en que se vieron.

Era una noche de verano, en las fiestas de mi pueblo (Entrena, La Rioja). Apareció por el chamizo un chico al que no había visto antes. Me dijeron que era de Salamanca, que había venido a vivir con su familia y que se llamaba David, aunque ya lo habían apodado como “el New”.

Fue un flechazo, y a partir de ese momento empezó una relación en la que, cuanto más nos conocíamos, más nos enamorábamos.

En julio de 2017 fuimos de viaje a Tailandia. Cuando visitábamos el Templo Blanco, de Chiang Rai, David se puso de repente de rodillas, sacó un anillo y… le dije que sí, cosa que volvería a hacer un millón de veces más.

Dos años teníamos por delante para preparar minuciosamente el mejor día de nuestras vidas.

Teníamos claro que queríamos una boda civil y con vistas a la montaña, así que La Huerta Vieja, en Laguardia y con vistas a la Sierra de Cantabria, resultaba para nosotros el restaurante perfecto.

En cuanto a la decoración, lo tuvimos fácil, mi madre se encargaría de todo ello: invitaciones, regalos, detalles, libro de firmas, mi tocado y mi ramo de novia. No habríamos encontrado a nadie que lo hiciera con más cariño y tan a nuestro gusto.

También sabíamos muy bien cómo deseábamos que fueran nuestros trajes. Queríamos una boda boho chic, y pensábamos que tendríamos difícil encontrar en Logroño algo de este estilo, que parece más propio de un lugar costero. Pero David encontró su traje en tonos beis, de lino y seda en Amadeo, una tienda del centro de Logroño.

Por mi parte, yo vi en Internet el anuncio de un atelier de Vitoria que tenía showroom en Viana (Borgia Novias), por lo que probé allí. Al tercer vestido que me mostraron (de Jose M.ª Peiró), supe que lo había encontrado: un vestido boho chic, pero que seguía siendo un vestido de novia. Era perfecto, justo lo que buscaba, con una espalda y encaje preciosos, así que no busqué más. Era “mi vestido”, el que siempre había soñado e imaginado.

 

Elegimos a Amor del Bueno para la fotografía. Nos la habían aconsejado por nuestro estilo de boda y la verdad es que no podíamos haber encontrado a nadie mejor. Tan cercana que te olvidabas de que era la fotógrafa.

Nos casamos el 29 de junio por la tarde. Decidimos que queríamos hacernos las fotos antes de la ceremonia, para no perdernos nada. El primer encuentro sería en un mirador donde se iniciaría la sesión de fotos. Allí me esperaría David, de espaldas, hasta que llegara. Fue un momento mágico.

Para este reportaje disponíamos de una furgoneta Volkswagen T1 (Furgoboda), en la que llegaríamos al restaurante. Siempre he tenido obsesión por estas furgos, y me pareció la mejor manera de aparecer en nuestra boda. Y no solo eso, sino que además fue el símbolo de nuestro enlace (invitaciones, sitting, photocall…). Allí estuvo hasta que terminó el cóctel, para que todo el mundo pudiera hacerse fotos con ella.

Dejamos en manos de dos amigos la celebración. Ellos prepararon todo el guion y nos casaron con la ceremonia de la arena. Fue súper divertido y emotivo.

Inauguramos el baile con una bachata preciosa que pacientemente habíamos preparado a lo largo de dos meses con nuestra querida Edurne.

Hay momentos en la vida que son especiales por sí solos, pero compartirlos con la gente a la que quieres los convierte en momentos inolvidables. Y este fue el mejor día de nuestra vida.

 

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